Washington trata a la inteligencia artificial como material estratégico, igual que al conocimiento nuclear en la Guerra Fría. La diferencia es decisiva: la fisión necesita materia escasa; la IA, conocimiento reproducible.
Washington trata a la inteligencia artificial como material estratégico, igual que al conocimiento nuclear en la Guerra Fría. La diferencia es decisiva: la fisión necesita materia escasa; la IA, conocimiento reproducible.

Durante semanas, Anthropic, la empresa detrás del modelo de IA más avanzado del momento, debió restringir su acceso únicamente a ciudadanos estadounidenses por mandato explícito de Washington. Un requisito similar operó sobre OpenIA, a quien se indico que limitara el acceso de su nuevo modelo, GPT 5.6, a un pequeño número de socios de confianza aprobados por el gobierno antes de su liberación más amplia, debido a sus habilidades profundamente avanzadas. La frontera tecnológica pasó a medirse con pasaporte.

Ambos movimientos tratan a un programa de software como material estratégico. Para quienes ya probamos las capacidades de Fable, el modelo de Anthropic, la medida toma, en el fondo, algo de sentido. Tal como coincidieron múltiples expertos en la materia, esta vez la expectativa sobredimensionada podría haber estado justificada. Lo que sorprende no es solamente la pertinencia y certeza de sus razonamientos, sino la capacidad para desarrollar tareas largas y complejas con eficiencia, tomando numerosas decisiones con acertado criterio durante el proceso. Por momentos, la interacción hasta deja de sentirse como un proceso de “co-inteligencia” y creación conjunta. Desde el lado humano, trabajar con estos nuevos modelos comienza a sentirse cada vez más a contratar un servicio de consultoría, donde un equipo completo ejecuta de forma coordinada las múltiples aristas del proyecto, con gran capacidad de entendimiento del contexto, extraordinarias habilidades para desarrollar argumentos complejos y diseños visuales atractivos y dinámicos, todo al mismo tiempo, a partir de un solo comando.

La IA ya no es una tecnología para hacer tareas repetitivas de bajo criterio. Hoy día sus capacidades la habilitan a ser un compañero de pensamiento y a actuar como equipos completos que los gerentes supervisan o que, en ocasiones, pasarán a tomar las decisiones por ellos. El cuello de botella en términos de productividad pasó ahora a estar del lado humano.

Imagine el lector por un segundo el impacto de este tipo de capacidades sobre la sociedad. Organizaciones completas que se autogestionan, líneas de servicio enteras que se reemplazan, empresas y ramas de la economía que simplemente comienzan a perder sentido.

Imagine por otra parte las ventajas competitivas que capacidades de este calibre pueden otorgar a quienes logren reservarse el derecho a su acceso. Su impacto va mucho más allá de la economía y puede implicar saltos cuánticos en materia de descubrimientos científicos y capacidades para la Defensa.

Cabe conjeturar también sobre las peligrosas consecuencias de que capacidades de este tipo puedan utilizarse en la concepción y ejecución de crímenes o, más aún, de atentados terroristas, otorgando acceso a conocimientos sobre el desarrollo de peligrosos activos químicos o biológicos.

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos clasificó el conocimiento nuclear, vigiló quién podía verlo y prohibió su exportación, porque la tecnología de frontera era, por definición, un asunto de seguridad nacional. La IA acaba de cruzar ese umbral. Sus modelos más capaces pasaron de pensarse como productos a tratarse como activos de defensa, sujetos a quién es ciudadano de qué país. Mientras que el capital que los financia es global, la soberanía sobre el modelo entrenado se volvió estrictamente nacional.

El efecto de segundo orden ya empezó a aparecer en un mundo que se fragmenta y busca autoabastecerse. Cada muro que Washington levanta alrededor de su tecnología empuja a los demás a edificar la propia. El cómputo se está convirtiendo en el recurso estratégico que el petróleo fue durante un siglo, y se reparte con lógica de bloques.

La historia guarda una advertencia sobre esta clase de murallas. Estados Unidos ya intentó preservar ventajas tecnológicas mediante controles de difusión; aunque todas compraron tiempo, ninguna fue permanente. Cuando tuvo el monopolio de la bomba atómica, en 1945, muchos creyeron que el secreto podía custodiarse durante generaciones. Duró cuatro años: en 1949 la Unión Soviética detonó la suya. El conocimiento de propósito general se filtra, se reinventa o se compra. En los años noventa, Washington clasificó la criptografía fuerte como munición y prohibió su exportación; el código terminó publicado, cruzó las fronteras y la prohibición cayó por su propio peso. Los actuales controles sobre los semiconductores apuntan en la misma dirección: aceleraron el esfuerzo chino por construir una cadena propia en lugar de frenarlo.

Esta vez, el ritmo de difusión del conocimiento y de la competencia por el desarrollo de avances de punta es mucho más acelerado y tal vez no haya tiempo alguno por ganar. Apenas unos días después de que Anthropic se viera obligada a desactivar su modelo más potente, Z.ai lanzó GLM-5.2. Es casi tan poderoso como el de Anthropic, pero su uso es mucho más económico y nadie en EE.UU. le impone restricciones. Actualmente, es uno de los 10 modelos más populares del mundo. Es de código abierto, por lo que cualquiera puede usarlo y modificarlo de forma gratuita.

Mientras tanto, en días recientes, Anthropic acusó a Alibaba de acceder ilícitamente a Claude mediante cuentas falsas para ataques de destilación (usar las respuestas del modelo para entrenar los propios) durante meses, hecho que recién ahora sale a la luz.

La fisión requiere materia escasa; la IA requiere conocimiento reproducible y cómputo. Esta vez será más difícil mantener cerrada la barrera de acceso. La carrera por el futuro recién ha comenzado.

Dr. Lautaro N. Rubbi

Publicado por primera vez en DataClave

Compartí este artículo

Suscribite a nuestro newsletter

Manténgase al día con las últimas entradas del blog. Nada de spam: lo prometemos.

Conectamos

© 2025 ESTUDIO ARG – ANÁLISIS DE RIESGOS GLOBALES. Todos los derechos reservados.