En algún punto de las últimas décadas, la Argentina se subió a un tren fantasma a toda velocidad. Un artefacto oscuro que nos arrastra sin pausa ni respiro. En cada vagón, un nuevo esperpento. En uno de ellos una familia macabramente sonriente nos recibe con teatralidad grotesca, entre la parodia y el chantaje emocional. Luego, un vampiro de capa prolija y sonrisa de CEO nos seduce con promesas de modernidad hasta dejarnos pálidos. Más adelante tropezamos con una momia deshilachada que repite consignas gastadas, sin tiempo ni voluntad para entender el presente. Y en el último tramo, el aullido del hombre lobo nos sacude entre el show y la amenaza de desgarro.
El problema no son los monstruos: es olvidar que seguimos dentro del tren. Nos adaptamos a la máscara de turno, nos resignamos y seguimos. Cada administración, sin importar colores ni promesas, se reveló impotente frente a las fallas estructurales del sistema. Porque, aunque cambien los rostros, la maquinaria de fondo permanece.
Llevamos casi tres años a bordo del vagón de turno, que llega a este Halloween con números que su tripulación exhibe con orgullo. Ganó las legislativas de 2025 con algo más del 40 % de los votos y consiguió el auxilio del Tesoro estadounidense. Bajó la inflación del 211 % de 2023 al 31,5 % de 2025 (aunque este año se estancó en torno al 33 % interanual), y en agosto las reservas del Banco Central superaron los 50.000 millones de dólares, el nivel más alto desde 2019.
La crisis decisiva es otra, más severa y difícil de atender. Más allá de la coyuntura, la degradación del capital humano impone un límite estructural al desarrollo.
Los primeros indicadores se advierten en edad temprana. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, en 2025 el 28,8 % de los niños y adolescentes de la Argentina urbana vivía con inseguridad alimentaria y el 13,2 % la sufría en su forma severa. El 2026 no trajo alivio: durante el primer semestre la pobreza entre los chicos de hasta 14 años subió al 44,5 %, 3,2 puntos más que en el semestre anterior, según el INDEC. El daño neurológico temprano generado por estas carencias es, en gran medida, irreversible. Condiciona la capacidad cognitiva y la productividad futura. En términos sistémicos, el país está comprometiendo su reserva más valiosa: la capacidad de pensar, aprender y crear de sus próximas generaciones.
En paralelo, y en parte como consecuencia, la educación ya exhibe su rostro espectral. Prácticamente la totalidad de los chicos de 15 y 16 años está escolarizada, pero según los resultados de las pruebas PISA 2025, el 76 % de los alumnos de 15 años no alcanzó el nivel mínimo en Matemática y el 59 % quedó por debajo del nivel mínimo de comprensión lectora. Ambos datos empeoraron respecto de las mediciones del 2022. Según Argentinos por la Educación, apenas 19 de cada 100 chicos de esa edad cursan el año que les corresponde y alcanzan los mínimos de Lectura y Matemática, tres menos que en 2022; y de cada 100 alumnos que iniciaron la primaria en 2013 solo 10 llegaron al último año de la secundaria en 2024 en tiempo y con los aprendizajes esperados. Aunque el analfabetismo formal es bajo, el funcional crece. La escuela retiene, pero no forma.
En la economía del conocimiento, que premia el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación y la capacidad de articular ideas complejas, el dominio del lenguaje deja de ser una destreza literaria para convertirse en una competencia productiva. Justo cuando la inteligencia artificial empieza a automatizar las tareas rutinarias y premia a quien sabe preguntar, quienes carezcan de estas competencias difícilmente podrán integrarse a la matriz económica del futuro. El impacto, además, se proyecta en la seguridad (los jóvenes sin inserción educativa suelen engrosar los índices delictivos) y en la salud, por ejemplo, con una menor comprensión de las campañas sanitarias.
Otro eje oxidado es la inversión en ciencia y tecnología. La Argentina destina históricamente una fracción mínima de su PBI a investigación y desarrollo: el 0,6 % en 2023, apenas el promedio regional, la mitad que Brasil y a enorme distancia de las economías líderes. El conocimiento aún no ocupa un lugar estratégico en el modelo nacional. La fuga de cerebros, la escasa participación empresarial en I+D y el envejecimiento de la planta investigadora reflejan una política intermitente que trata al conocimiento como gasto y no como inversión.
De ahí que el patrón productivo siga atrapado en una canasta limitada y vulnerable, concentrada en granos, carne, crudo y litio, todos sujetos a precios fijados en el exterior. Según el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (UBA-CONICET), entre 2008 y 2024, el índice de concentración exportadora casi se duplicó, revelando una dependencia creciente de bienes primarios.
La guerra en el Golfo, que llevó el barril por encima de los 100 dólares durante varios tramos del año y a un pico de 131 en septiembre, favoreció al petróleo argentino con una temporada de precios altos. Pero ¿qué ocurriría si el hallazgo de nuevos yacimientos y una aceleración de la transición energética, impulsada por los efectos cada vez más visibles del cambio climático, provocaran una caída estrepitosa en los precios del crudo? ¿Y si el litio perdiera relevancia frente a nuevas tecnologías de almacenamiento de energía hoy en desarrollo?
Pero los obstáculos para ampliar la base productiva no se agotan en la exposición a los mercados externos. Dentro del país, otro engranaje que desalienta ese desarrollo es el perverso esquema de coparticipación federal, un mecanismo que refuerza las asimetrías que debería corregir y desalienta la creación de riqueza local. Los intentos de reforma impositiva integral han fracasado o se han aplazado una y otra vez, reemplazados por parches fiscales y decisiones discrecionales.
Los vagones se suceden y las tendencias permanecen. Al pasajero atento de este desenfrenado vehículo no deberían sorprenderle ya las explicaciones que culpan al contexto externo por los objetivos macroeconómicos incumplidos, los salvatajes financieros de último minuto ni que la inversión prometida espere, como siempre, el próximo resultado electoral: el RIGI acumula proyectos aprobados cerca de 50.000 millones de dólares, pero hasta marzo habían entrado apenas 762 millones netos, según el Banco Central. Tampoco que en octubre el riesgo país haya vuelto a superar los 700 puntos, su nivel más alto en un año. Mucho menos que el país siga polarizado, con un 60 % que desaprueba la gestión en la encuesta de octubre de la Universidad de San Andrés, ni los escándalos de corrupción en los círculos más altos del poder.
Lo que hoy se vive repite un patrón clásico del hiperpresidencialismo latinoamericano: gobiernos mesiánicos que dependen del financiamiento externo, viven atados al corto plazo y permanecen ciegos a los ejes estructurales. El tren gira sobre las mismas vías oxidadas mientras las criaturas cambian de máscara y el ruido de fondo persiste.
Tranquilos. Sin pánico. Halloween está cerca, pero todavía falta un año para descubrir qué nos espera en el próximo vagón.
Dr. Lautaro N. Rubbi
Publicado por primera vez en DataClave
Publicado el 29/10/2026 · Categoría: Geopolítica · Estudio ARG