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Venezuela como síntoma: la gran abdicación y el retorno del poder al descubierto

Geopolítica · 22/01/2026 · Lectura de 16 minutos

Venezuela como síntoma: la gran abdicación y el retorno del poder al descubierto

Venezuela no rompe el orden internacional: lo revela. La intervención de enero de 2026 expone la renuncia del propio hegemón a sostener el andamiaje que ayudó a construir.

A los inicios del nuevo milenio, el orden internacional se sostuvo sobre una premisa que, aun siendo discutible, resultó funcional: que el liderazgo hegemónico de Estados Unidos operaba como una fuente de previsibilidad sistémica. Esta no derivaba de un comportamiento altruista ni de una coherencia moral inmaculada, sino de la combinación entre poder material, compromiso institucional y una narrativa legitimadora que permitía presentar decisiones estratégicas como parte de un proyecto de alcance general.

Ese equilibrio nunca fue perfecto, pero fue suficientemente estable. El derecho internacional, las organizaciones multilaterales y el lenguaje de valores universales funcionaron como amortiguadores del conflicto, incluso cuando eran utilizados de manera selectiva o instrumental. La clave no estaba en la pureza del sistema, sino en su capacidad para generar expectativas compartidas.

Hoy, ese andamiaje se encuentra en tensión. No tanto por la emergencia de potencias revisionistas —fenómeno largamente anticipado—, sino por un proceso más profundo y menos confortable: la renuncia progresiva del propio hegemón a sostener el orden que ayudó a construir. Los episodios acontecidos en Venezuela en enero del año 2026 deben leerse en ese contexto. No como una anomalía regional ni como un hecho aislado, sino como una expresión concreta de un reordenamiento sistémico en curso. Venezuela no rompe el orden: lo revela. Como marca Ian Bremmer en el Informe Anual de Riesgos Globales de Eurasia Group, en el marco del mundo G Zero estamos regresando a la ley de la jungla (Bremmer, 2026; Eurasia Group, 2026).

Explicitar las conclusiones de los acontecimientos es incómodo, pero necesario. Venezuela no inaugura un nuevo orden internacional. Confirma que el anterior ya no se defiende como tal. El derecho persiste como retórica; las instituciones, como escenario; pero la decisión vuelve a residir, sin eufemismos, en quien puede imponerla. Apelando a Krasner (1999), el mundo no se volvió más realista: se volvió menos hipócrita.

La pregunta decisiva no es si este nuevo relato es más honesto, sino si logra un orden más estable y pacífico. Las apuestas parecen claras. Este nuevo orden será más rápido, más caótico y difícil de navegar. Los costos del error en la lectura de los márgenes de maniobra, bien lo sabe hoy Nicolás Maduro, se pagan caro. Estados Unidos siempre jugó a la realpolitik. La novedad no es el interés nacional, sino la renuncia al relato que lo revestía. En una sociedad fracturada, America First convirtió malestares internos en doctrina externa, abandonó el lenguaje de valores universales y explicitó un mensaje sin pudor, abogando por intereses nacionales tangibles por sobre la promoción idealista de un orden internacional basado en reglas.

Como apuntó Henry Kissinger (1994), ninguna nación fue más pragmática en su diplomacia diaria ni más ideológica en la defensa de sus valores. Por décadas, el residente de turno del Salón Oval se presentó como líder benévolo del “mundo libre” mientras perseguía objetivos duros: Irán 1953, Chile 1973, Irak 2003. La hipocresía funcional de intervenciones guiadas por interés nacional, pero envueltas en retórica de valores globales asumía que EE. UU. encarnaba un proyecto diferente, con legitimidad moral. Hoy, la desfinanciación de la promoción democrática y el giro hacia instrumentos coercitivos —aranceles, sanciones, presión regulatoria— marcan un abandono del guion universalista y la elevación abierta del cálculo transaccional.

Tal como apuntó Carlos Escudé (1992), el sistema internacional no funciona como una anarquía simétrica, sino como una jerarquía con permisos diferenciales: hay actores que pueden violar reglas sin pagar el costo completo, y otros que viven bajo normas que nunca redactaron. Lo distinto en el orden propuesto por Washington era el relato legitimador. Ese “relato” no fue un adorno: funcionó como una tecnología de poder. En clave gramsciana, la hegemonía no se sostiene solo por coerción, sino por la capacidad de instalar una dirección intelectual y moral que vuelve “natural” un orden y “desviada” su impugnación (Cox, 1983). Y en clave coxiana, las órdenes internacionales descansan tanto en capacidades materiales como en una arquitectura de ideas e instituciones que organiza expectativas y define qué comportamientos parecen legítimos (Cox, 1981). Lo novedoso hoy no es que el poder haya vuelto —nunca se fue—, sino que el hegemón reduce inversión en producción de consentimiento: menos universalismo pedagógico, más transacción; menos reglas como promesa, más reglas como instrumento. Cuando ese maquillaje se encoge, el realismo deja de ser diagnóstico académico y pasa a ser clima de época.

Planteado en los términos de construcción identitaria de Alexander Wendt (1999), lo que se está moviendo no es la anarquía como condición abstracta, sino la cultura que la permea: el patrón de expectativas compartidas sobre qué conductas son “normales” entre Estados. Se adelgaza la presunción kantiana de los 90 (reglas como horizonte) y gana terreno una mezcla de rivalidad lockeana con reflejos hobbesianos (castigo ejemplificador, coerción visible, disciplinamiento). Cuando una masa crítica de actores internaliza que el hecho consumado funciona, la diplomacia deja de ser fábrica de consensos y pasa a ser gestión de amenazas; la norma, de promesa a herramienta; y el orden, de vocabulario compartido a relación desnuda de permisos y prohibiciones.

La época de la coerción “con guantes” quedó atrás: el rearme ya no es una tendencia de actores aislados, es la métrica del sistema. Los detallados y reconocidos informes del Instituto para el Mantenimiento de la Paz de Estocolmo así lo revelan: desde hace ya una década el gasto militar y la compraventa de armas marcan récords anuales. Señales de época. Por su parte, AUKUS fue el gesto más transparente de esta lógica: alianzas “duras”, reconfiguradas para alterar balances en el Indo-Pacífico, sin la liturgia multilateral de otros tiempos. Y cuando la propia Estrategia de Seguridad Nacional 2025 vuelve a hablar sin rodeos de “preeminencia” hemisférica, lo que cambia no es el poder: cambia el umbral de pudor con el que se lo ejerce.

En esta línea, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) no inaugura un giro: lo vuelve explícito. Al reactivar la doctrina Monroe bajo un “corolario Trump”, Washington jerarquiza el hemisferio como prioridad estratégica y normaliza el uso de la coerción —militar, económica y tecnológica— para sostener esa primacía. En clave escudeana, esto no es el retorno a una supuesta anarquía: es la reafirmación de una estructura jerárquica que siempre operó, a veces con retórica liberal y a veces sin máscara. Esta vez, el giro estadounidense no es solo retórico: es un intento explícito de recuperar primacía hemisférica como condición de poder global. Tal como señalan Laporte y Schenoni (2026) en un artículo reciente, la ESN busca poner fin a décadas de negligencia benigna en América Latina: dicho de forma brutal, se terminó el piloto automático. El subtexto es todavía más incómodo: el alineamiento vuelve a operar como credencial tácita de pertenencia al hemisferio occidental, con sus consecuentes costos y beneficios asociados.

Así como el TNP institucionalizó una jerarquía nuclear y el Consejo de Seguridad consagró una jerarquía política, la nueva ESN cristaliza una jerarquía regional: pertenecer “de verdad” al hemisferio occidental vuelve a depender, más que de valores declamados, de alineamientos y utilidad estratégica. Como advierten Laporte y Schenoni (2026), el mensaje es menos diplomático de lo habitual: “alineamiento” como condición de pertenencia y una región leída otra vez en clave de zona de control, no de pluralismo. En la misma línea, Battaleme (2022) apunta que la rivalidad sinoestadounidense reordena el mundo como una competencia entre poderes continentales y poderes navales, con efectos directos sobre corredores, enclaves, puertos, recursos y periferias. En ese marco, América Latina vuelve a ser un tablero de valor estratégico, no un decorado discursivo.

Pero ahora más que nunca, la coerción ya no depende solo de misiles, drones y portaaviones: también viaja por redes. Farrell y Newman (2023), entre otros, lo conceptualizan como “interdependencia armada”: quien controla nodos críticos (pagos, datos, estándares, insumos estratégicos) puede transformar la globalización en palanca de presión. En ese marco, sanciones financieras, controles de exportación y cuellos de botella tecnológicos no son “medidas económicas”: son instrumentos de poder estructural.

Leonard (2021) lo dice sin eufemismos: vivimos una “Era de la No Paz”, donde la interdependencia no reduce el conflicto, lo rediseña. La conectividad deja de ser promesa kantiana y pasa a ser terreno de disputa: cadenas de suministro, plataformas y flujos financieros se vuelven, simultáneamente, prosperidad y vulnerabilidad. Múltiples informes de riesgos globales de las más prestigiosas instituciones lo confirman: la confrontación geoeconómica dejó de ser una anomalía y pasó a ser un instrumento legitimado por la práctica. En paralelo, las estrategias de defensa de las principales potencias adquieren un lenguaje claro y contundente: atestiguamos la normalización de la “zona gris” como rutina: operaciones encubiertas o semidescubiertas, ciberataques, campañas de influencia y coerción económica como instrumentos estándar de competencia.

Antes de continuar, conviene despejar un equívoco frecuente. La visible consolidación del poder material y relacional de otros actores estatales, quienes aprovechan activamente los espacios que Estados Unidos libera, confirma la emergencia de un auténtico multipolarismo global posamericano (Zakaria, 2011). Pero este fenómeno, que refleja el declive relativo de Washington frente al ascenso de potencias no occidentales, debe ser interpretado con cautela.

El multipolarismo que se observa no significa que Washington haya perdido su capacidad de influencia, ni que su poder militar, tecnológico y de inteligencia haya disminuido de manera significativa. Más bien, lo que se percibe es una redistribución relativa del poder y la emergencia de nuevos protagonistas que buscan redefinir las reglas y espacios de influencia internacional. Este cambio no implica que Washington haya dejado de ser una potencia dominante, sino que el escenario global se complejiza con la presencia activa de actores estatales que reclaman voz y voto propio, aprovechando los vacíos generados por la reorientación estadounidense.

En este contexto, el declive de Estados Unidos debe entenderse como relativo y focalizado en la pérdida de legitimidad y en la transformación de las lógicas de liderazgo internacional, más que en un debilitamiento absoluto de sus capacidades materiales. Su superioridad militar, tecnológica y de inteligencia sigue siendo abrumadora. El surgimiento de nuevos polos de poder no reemplaza ni elimina la presencia estadounidense, sino que reconfigura las dinámicas de interacción y competencia global, abriendo paso a un sistema internacional más diversificado, plural y tensionado.

En Orden mundial, Kissinger (2015) lo dijo con una crudeza que hoy suena menos “histórica” y más diagnóstica: orden nunca significó lo mismo para todos, al mismo tiempo. Europa naturalizó su gramática westfaliana —soberanía, equilibrio, reconocimiento mutuo— antes de ensayar un relato posmoderno de carácter kantiano, mientras otras regiones operaron (y operan) con jerarquías, zonas de deferencia, mandatos civilizatorios o lógicas imperiales. Y Washington, según la época, combinó equilibrio de poder con impulsos misioneros: podía predicar universalismo y, a la vez, administrar excepciones. Por eso, más que caer un orden único, lo que se rompe es una pretensión de universalidad: la ilusión de que una sola gramática podía ordenar el conjunto. Cuando esa pretensión se desgasta, reaparece lo que siempre estuvo debajo: convivencia tensa entre órdenes parciales, reglas inconsistentes y legitimidades rivales. En ese marco, Venezuela deja de ser anomalía regional: pasa a ser episodio de una normalidad más antigua, ahora menos disimulada.

Tampoco debe confundirse el declive relativo de legitimidad y capacidades con un repliegue estratégico de Washington similar al que prosiguió a la Gran Guerra. Los acontecimientos recientes revelan que la potencia estadounidense continúa interviniendo, sancionando, presionando y condicionando. Lo que se observa es algo distinto: una abdicación voluntaria del rol de garante normativo, una reducción deliberada de la inversión política y simbólica necesaria para sostener el relato de un orden multilateral institucional liberal y posmoderno como bien público.

Esta distinción es central. Como apuntó Ikenberry (2019), los órdenes internacionales no se mantienen solo por coerción, sino por la disposición del actor dominante a asumir costos difusos a cambio de beneficios sistémicos de largo plazo. Cuando ese cálculo se altera, el orden no colapsa de inmediato, pero comienza a vaciarse desde dentro.

Venezuela encaja con precisión en este diagnóstico. La discusión jurídica que rodea la intervención —mandato del Consejo de Seguridad, principio de no uso de la fuerza, excepciones humanitarias— es relevante, pero secundaria. Bajo el nuevo orden global que se está formando, su función principal no será limitar la acción, sino ordenar retrospectivamente su legitimación. Como en otras tantas ocasiones históricas, el derecho internacional podría estructurar el lenguaje de la legitimidad, pero no fijará por sí mismo los resultados, constante que se incrementará con el paso del tiempo. En contextos de marcada asimetría de poder, la norma suele adaptarse ex post a decisiones ya consumadas.

Este desplazamiento no implica la desaparición del derecho, sino su transformación funcional. La norma deja de ser un freno efectivo y pasa a operar como gramática justificatoria en términos apologéticos. Cuando la correlación de fuerzas es clara, la decisión precede a la legalidad, y no a la inversa. El caso venezolano lo muestra sin ambigüedades.

Desde esta perspectiva, el episodio debe leerse también como parte del retorno práctico de las esferas de influencia. No como reedición formal de un orden bipolar ni como resultado de un acuerdo explícito entre grandes potencias, sino como una lógica tácita de administración del conflicto. Estados Unidos actúa con amplio margen en su periferia inmediata; Rusia pretende hacer lo propio en su entorno estratégico; China avanza gradualmente en el suyo. La diferencia histórica no está en la práctica, sino en la narrativa que antes la envolvía y hoy se encuentra debilitada.

Paradójicamente, este comportamiento no revela debilidad, sino fuerza. La operación en Venezuela exhibe la asimetría real entre las capacidades occidentales y las limitaciones de potencias secundarias y regímenes aliados. Ni Moscú ni Pekín están en condiciones de traducir respaldo político en protección operativa efectiva en el hemisferio occidental. El mensaje es inequívoco y no pasa desapercibido.

Sin embargo, aquí se revela una paradoja mucho más profunda y de consecuencias generacionales: la eficacia táctica puede acelerar la erosión estratégica. Cada acción unilateral exitosa refuerza la percepción de que las reglas ya no estructuran el sistema, sino que acompañan al poder cuando conviene. Jo- seph Nye definió el soft power como la capacidad de atraer, no de forzar. Ese activo se erosiona: el asalto a las instituciones y el enfoque transaccional de las alianzas le regalan a Pekín munición retórica. Washington resigna la superioridad moral que reclamaba y dilapida capital reputacional.

La respuesta ya se está comenzando a entrever: encuestas globales del Pew Research Center registran mínimos históricos de confianza. En 34 países, un promedio del 40 % de la población cree que la democracia estadounidense “ya no es un buen ejemplo”, además de otro 22 % que cree que nunca lo fue (Wike y Fetterolf, 2024). El 72 % de los propios estadounidenses coincide (Fetterolf, 2024). El índice 2025 de Poder Blando global de Brand Finance mantiene a EE. UU. primero, pero lo ubica 15. en reputación. La imagen del águila calva se vuelve la de un polo más, no un modelo. La generación más joven, especialmente fuera de EE. UU., ya no idealiza a América como las anteriores. Entre la generación Z global, las estampas de un presidente que desdeña acuerdos climáticos, halaga autócratas, injuria aliados y niega resultados electorales prevalecerán por sobre la imagen de la ciudad brillante sobre la colina.

La lección estratégica es clara. El sincericidio desahoga agravios en el corto plazo, pero en el largo plazo —el que importa para formar generaciones, tejer lealtades y sostener normas— la credibilidad y el atractivo pesan tanto como los portaaviones. El poder y los recursos materiales son esenciales, pero la capacidad de liderazgo sostenido depende también de identidades compartidas, narrativas y legitimidad percibida. Se lidera con previsibilidad, confianza y con un relato que otros quieran habitar, equilibrando intereses y valores. De lo contrario, alguien ocupa ese vacío con su propia narrativa.

La consecuencia ya se ve. Como advirtió Stephen Walt, el balance de amenaza se activa: potencias medias diversifican apuestas. Europa explora autonomía militar —incluso debates de paraguas nuclear—; en Oriente Medio, socios tradicionales como Egipto o Arabia Saudita negocian también con Rusia y China, siguiendo el libreto de Turquía.

El balance de legitimidad se está quebrando aún más rápido que el balance de poder que pretendía sostener, dando lugar a un interregno incierto y turbulento. La diplomacia muta de construcción de consensos a regateo. Puede dar victorias rápidas, pero cobra intereses altísimos: confianza perdida, alianzas frías, cooperación encarecida. “America First” está acelerando la transición hacia un orden mundial poshegemónico, más multipolar y contencioso. No emerge una coalición militar clásica contra Estados Unidos, pero sí una era de fragmentación estratégica: alineamientos fluidos, conflicto geoeconómico en alza, órdenes regionales disputados y, sobre todo, el fin del excepcionalísimo como proyecto global.

Lo paradójico es que, aunque muchos objetivos de Trump —contener a China, que Europa gaste más en su propia defensa, corregir desequilibrios comerciales— tenían lógica, el modo de perseguirlos socavó la confianza y la buena voluntad que permitían sostenerlos. En un mundo convulsionado por la inmediatez crónica, los beneficios de largo son difíciles de ponderar y hasta de legitimar públicamente. Pero en política internacional, la forma pesa tanto como el fondo, y las identidades percibidas no son accesorias. Un mundo más honesto no es necesariamente un mundo más gobernable.

Siguiendo la intuición de Meadows (2015), los cambios decisivos en un sistema rara vez vienen de retocar parámetros: vienen de intervenir en metas, reglas y, sobre todo, en los paradigmas que definen qué es “normal” y qué es “inaceptable”. Eso es lo que está ocurriendo: no solo se mueven stocks y flujos de poder, ni solo se recalibran instituciones; se erosiona el supuesto cultural que organizaba expectativas —la idea de un orden liberal-institucional como horizonte preferente— y se instala un relato alternativo donde la primacía, la esfera de influencia y la coerción explícita dejan de ser anomalías para volverse lenguaje disponible. En ese sentido, documentos programáticos como la ESN 2025 no “crean” la jerarquía: la blanquean. Y ahí hay un eco directo con la tradición escudeana: el orden no opera como anarquía romántica, sino como jerarquía práctica que se acepta o se desafía según costos.

Gadamer (2013) lo diría de otro modo: toda comprensión ocurre desde un “horizonte” histórico, y los horizontes cambian; lo que una época considera impensable, otra lo vuelve decible y hasta razonable. Trasladado al plano internacional, asistimos a un corrimiento del horizonte de legitimidad: prácticas que antes exigían una coartada moral más sofisticada hoy se defienden con argumentos de interés, seguridad o primacía, y el costo reputacional de la desnudez parece haber bajado. El caso venezolano es útil justamente por eso: más allá de adhesiones o rechazos, la reacción internacional luce menos uniformemente escandalizada y más políticamente fragmentada, como si el sistema —y parte del público— ya estuviera “entrenado” para aceptar el hecho consumado como forma. En clave cultural, incluso el giro antiwoke funciona como síntoma: no explica por sí mismo el cambio, pero revela la fatiga de un universalismo moral que antes lubricaba consensos y hoy divide.

En términos sistémicos, esto activa bucles de retroalimentación que tienden a reforzarse: la expectativa de coerción incentiva armamentismo y desacople; el desacople reduce interdependencias moderadoras; la reducción de interdependencias baja el costo de escalar; y esa escalada retroalimenta la narrativa de amenaza que justifica más coerción. No es un ciclo “moral”; es un mecanismo sistémico. A medida que más actores internalizan que el poder explícito es viable y rentable, ajustan doctrina, alianzas y tolerancias internas, y el sistema converge hacia un equilibrio más áspero: menos confianza basal, más señales de fuerza, más castigo ejemplificador. El resultado práctico es simple: una vez que el nuevo lenguaje se estabiliza, la excepción pasa a ser regla.

La gran abdicación, entonces, no describe un mundo sin poder, sino un mundo en el que el poder dominante ha dejado de concebir el orden previo como un bien público que valiera defender. El hegemón sigue siendo central, pero ya no actúa como arquitecto del sistema, sino como uno de sus jugadores (y retadores) más fuertes. Los órdenes internacionales no solo colapsan cuando son desafiados desde afuera, sino cuando quienes más se beneficiaron de ellos dejan de creer que vale la pena sostenerlos. El león no ha sido derrotado; ha dejado de pretender un lenguaje legitimador sobre su comportamiento y ha traído la ley de la selva de vuelta al sistema. En ese sentido, Venezuela no es una anomalía regional. Es, más bien, un caso de manual.

El proyecto estadounidense pasó de faro que iluminaba el camino a reflector que expone transacciones desnudas de poder. Para quienes están forjando hoy su imaginario, el ocupante del Salón Oval no será recordado como guardián del orden liberal sino, parafraseando a Schweller (2011), como el león que se volvió lobo y saboteó su propio sistema. La memoria histórica es breve; las percepciones formativas, indelebles. Trump ganó la sinceridad; Estados Unidos tal vez perdió el futuro.

Dr. Lautaro N. Rubbi y Mauricio Vázquez

Publicado por primera vez en CARI

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Publicado el 22/01/2026 · Categoría: Geopolítica · Estudio ARG

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Este análisis es parte del trabajo continuo de Estudio ARG: el ATLAS sigue el registro todos los días y cada semana; el Informe Anual de Riesgos Geopolíticos fija el mapa del año.

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