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1919, el fantasma de las garantías sin garante

Geopolítica · 05/07/2026 · Lectura de 3 minutos

1919, el fantasma de las garantías sin garante

La firma de Versalles con Irán repite el patrón de 1919: una paz garantizada por nadie, con un reloj de 60 días corriendo y un Congreso estadounidense ya amotinado.

El 17 de Junio, en una cena en el palacio de Versalles, Donald Trump firmó el memorando de entendimiento con Irán, se adelantó a la ceremonia formal que estaba prevista para Suiza dos días después y dejó que el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, lo refrendara en remoto. El texto, de catorce puntos, contemplaría un fondo de reconstrucción superior a los 300.000 millones de dólares, el cese de operaciones militares en todos los frentes, el levantamiento del bloqueo naval, la reapertura del estrecho de Ormuz y una ventana nuclear de 60 días para convertir ese memorando en acuerdo final. Irán obtuvo beneficios inmediatos y tangibles y dejó buena parte de sus compromisos sujetos a negociaciones posteriores.

Menos de una semana después comenzaron a verse algunos efectos concretos. Washington suspendió temporalmente parte de las sanciones económicas y habilitó nuevamente operaciones vinculadas al petróleo iraní en dólares. El petróleo cayó a su nivel más bajo desde el inicio de la guerra. Cada vez más buques cruzan el estrecho y las aseguradoras marítimas recortan tarifas. Al mismo tiempo, el negociador iraní Mohammad Bagher Ghalibaf anunció que Teherán administrará el tránsito por Ormuz y estudia la implementación de un esquema de seguro obligatorio para los buques que lo atraviesen.

La rúbrica duró menos que el eco. En menos de 48 horas estalló un motín republicano en el Congreso estadounidense que lo calificó de mal acuerdo. El aspecto más relevante no es lo que quedó escrito, sino aquello que permanece sin resolver. El vicepresidente estadounidense JD Vance afirmó, tras las negociaciones, que Irán había aceptado inspecciones nucleares. Horas más tarde, el vocero de la cancillería iraní, Esmail Baghaei, lo negó públicamente.

La paz quedó firmada antes de que exista consenso sobre cómo verificar algunos de sus aspectos más sensibles, sostenida por un crudo que volvió a fluir barato, mientras Trump avisaba que bombardearía si el estrecho se cerraba otra vez. Pero los mecanismos concretos para supervisar y sostener el acuerdo siguen siendo objeto de disputa. Estados Unidos negoció la salida e impulsó el entendimiento. Todavía está menos claro hasta dónde está dispuesto a asumir los costos de garantizarlo.

La elección de Versalles como escenario agrega una dimensión histórica difícil de ignorar. En el Salón de los Espejos, en 1919, las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial firmaron el tratado que debía organizar la posguerra. Sin embargo, el Senado estadounidense rechazó posteriormente su ratificación y Estados Unidos nunca ingresó en la Sociedad de las Naciones que el propio Woodrow Wilson había impulsado. Veinte años más tarde, aquel orden sin garante se derrumbó en la guerra más destructiva de la historia. La escena de estas semanas rima con una precisión incómoda. La comparación no implica que la historia vaya a repetirse. Pero sí recuerda un problema recurrente: la distancia que puede abrirse entre los compromisos internacionales asumidos por una potencia y la disposición política interna para sostenerlos en el tiempo.

El reloj de 60 días, que vence hacia mediados de agosto, ordena el tablero. El próximo momento decisivo llegará cuando se cierre la ventana prevista para resolver cuestiones pendientes vinculadas al expediente nuclear iraní. Si para entonces siguen sin existir mecanismos de verificación aceptados por ambas partes, el acuerdo habrá reducido la tensión inmediata sin resolver el problema estratégico que intentaba contener.

Si la paz firmada se sostiene, el mundo conserva una tregua que por el momento nadie garantiza y un precedente: Irán demostró que puede cerrar el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca de un quinto del crudo del mundo, y salir bien posicionado de las negociaciones. La imagen que emerge es menos la de un nuevo equilibrio que la de una transición. Irán parece haber entendido una lección tan antigua como la geopolítica misma: quien puede interrumpir una ruta estratégica también puede cobrar por mantenerla abierta.

Retomando patrones históricos habituales, la interdependencia coercitiva ya es hoy nuevamente parte del manual de juego de los conflictos entre Estados. Ormuz permanece abierto, pero cada vez más actores descubren el valor político y económico de controlar los pasos obligados del sistema. Bajó la factura de hoy; subió la incertidumbre de mañana.

Dr. Lautaro N. Rubbi

Publicado por primera vez en Clarín

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Publicado el 05/07/2026 · Categoría: Geopolítica · Estudio ARG

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